Roig (Mercadona), la productividad y el discurso que solo le interesa a un pequeño grupo

He tenido una conversación de lo más interesante el fin de semana pasado. De esas que empiezan hablando de productividad, eficiencia y “hacer más con menos”, y acaban tocando algo mucho más incómodo: quién se queda realmente con el resultado de ese “más”.

La productividad se vende como una victoria colectiva. Más producción en menos tiempo, más eficiencia, más riqueza. Sobre el papel, suena casi incuestionable. Y en parte lo es. El problema aparece cuando uno deja de mirar el volumen y empieza a mirar la distribución. Porque producir más no implica automáticamente repartir mejor. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario.

Imaginemos una empresa que paga a 10 personas para producir. Todo va bien, el negocio crece, y se prevé aumentar la producción. Se preparan 5 personas más. Pero entonces entra en juego la productividad. Los mismos 10, con mejores procesos, tecnología o presión, consiguen producir lo que antes requería 15. Resultado: las 5 nuevas ya no hacen falta. Se quedan fuera.

Aquí es donde el discurso se vuelve interesante. La empresa gana más. Los 10 trabajadores mantienen su salario. Y las 5 personas que se han quedado fuera pasan a formar parte de otra categoría: la de los que “no aportan”. De repente, el problema ya no es que el sistema haya generado más riqueza con menos gente, sino que hay gente que “vive de los demás”.

Y mientras tanto, se instala una idea muy cómoda para quien está arriba: “mi riqueza es legítima porque doy trabajo”. La frase más fácil, repetida una y otra vez por los mismos. Frase sin sentido, porque en la esclavitud (soy descendiente de ella), los esclavistas también daban trabajo. Aunque ese trabajo sea cada vez menos necesario en términos reales. Aunque la riqueza generada dependa menos del esfuerzo humano y más del control de activos, procesos o tecnología.

El caso de Juan Roig y Mercadona suele aparecer en este tipo de debates. Se le reconoce, con razón, su capacidad de gestión, su modelo logístico, su eficiencia. Pero precisamente por eso, es un ejemplo perfecto para plantear la pregunta incómoda: cuando una organización alcanza niveles muy altos de productividad, ¿quién captura realmente ese valor adicional?

Porque además ocurre algo más sutil: de repente, Roig pasa a ser presentado como un héroe del sistema, casi como si el mercado le perteneciera. Como si el simple hecho de abrir un Mercadona justificara la necesidad de consumir en él. El relato convierte una empresa en una especie de infraestructura indispensable, cuando en realidad es una opción más dentro de un mercado que debería ser abierto.

No necesitamos a Roig para que haya equilibrio. Necesitamos que Roig deje de concentrar poder, relato y mercado para que exista competencia real. Menos deificación y más supermercados distintos. Ahí aparece la elección, ahí aparece la competencia. De lo contrario, el riesgo es claro: control de la alimentación y un modelo que solo encaje para quien pueda permitírselo.

Perfil del autor

Jean-Marc Alma-Charlery
Jean-Marc Alma-Charlery
Consultor de empresas - AbsolutConsulting.es
Licenciado en Económicas/Empresariales
Responsable de comunicación BancaVía
 

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